Aunque se habla mucho de centros de datos en órbita, hoy apenas hay potencia real de cálculo en el espacio. Eso empieza a cambiar con Kepler Communications, una empresa canadiense que ha desplegado el mayor clúster de computación en órbita: unos 40 procesadores Nvidia Orin repartidos en 10 satélites conectados por enlaces láser. Esta constelación ya da servicio a 18 clientes y acaba de sumar a Sophia Space, una startup que probará su propio sistema operativo para ordenadores espaciales a bordo de los satélites de Kepler.
Los grandes centros de datos orbitales imaginados por compañías como SpaceX o Blue Origin no se esperan, según expertos, hasta la década de 2030. El primer paso será algo más modesto pero clave: procesar directamente en el espacio los datos captados por sensores en órbita, lo que permitirá respuestas más rápidas y reducir la cantidad de información que hay que enviar a la Tierra. Kepler se define menos como “data center” y más como infraestructura de red para otras naves espaciales, drones y aviones, ofreciendo conectividad y capacidad de cálculo distribuida.
Sophia aporta una pieza crítica: ordenadores espaciales refrigerados de forma pasiva, diseñados para evitar el sobrecalentamiento de GPUs potentes sin recurrir a voluminosos y caros sistemas de refrigeración activa. En su colaboración inicial, Sophia cargará su sistema operativo en uno de los satélites de Kepler e intentará desplegarlo sobre seis GPUs en dos naves, una operación rutinaria en un centro de datos terrestre pero inédita en órbita. Validar que su software funciona en el duro entorno espacial es un paso esencial antes de lanzar su propio satélite en 2027.
Para Kepler, el acuerdo sirve para demostrar el valor de su red más allá de transportar datos desde la Tierra o de cargas alojadas en sus propios satélites. La compañía aspira a conectar satélites de terceros y encargarse de procesar parte de los datos que generan sensores muy exigentes, como los radares de apertura sintética, de gran interés para el ejército estadounidense, que desarrolla nuevos sistemas de defensa antimisiles basados en vigilancia desde el espacio. Kepler ya ha probado con éxito un enlace láser espacio‑aire para el gobierno de EE. UU.
Este modelo de “edge computing” orbital —procesar los datos allí donde se generan— es, según Kepler y Sophia, la verdadera puerta de entrada a los centros de datos en el espacio. Su apuesta contrasta con la de actores que persiguen grandes granjas de servidores en órbita, como SpaceX, Blue Origin o startups como Starcloud y Aetherflux. Kepler prioriza muchas GPUs distribuidas, dedicadas a inferencia y funcionando casi al 100% del tiempo, frente a unos pocos chips muy potentes y sobredimensionados para cargas de entrenamiento que solo se usan a ratos.
Más allá de la viabilidad técnica, el contexto regulatorio en la Tierra puede acelerar este cambio. El CEO de Sophia, Rob DeMillo, recuerda que una ciudad de Wisconsin acaba de prohibir construir nuevos centros de datos, y en el Congreso estadounidense hay legisladores que plantean restricciones similares. Si se extienden los vetos y limitaciones a estas infraestructuras por su consumo de energía y agua, los centros de datos espaciales podrían pasar de ser una curiosidad futurista a una alternativa cada vez más atractiva. “A partir de aquí, todo se va a volver raro”, advierte DeMillo.


