Un año después de su abrupta salida de Intel, Pat Gelsinger vuelve al centro de la guerra de los chips desde otro frente: el capital riesgo. Como socio de la firma Playground Global, ha puesto gran parte de su energía en xLight, una startup que quiere revolucionar la litografía, el corazón de la fabricación de semiconductores.
xLight ha cerrado una carta de intenciones con el Departamento de Comercio de EE. UU. para recibir hasta 150 millones de dólares con cargo a la Chips and Science Act, en lo que sería la primera gran adjudicación del segundo mandato de Trump a una compañía emergente. El acuerdo convertiría al Gobierno estadounidense en accionista minoritario, sin asiento en el consejo ni derechos de veto, pero con una participación significativa en una tecnología considerada estratégica.
Este modelo de inversión pública directa incomoda a parte de Silicon Valley, acostumbrado a invocar el libre mercado. El gobernador de California, Gavin Newsom, llegó a preguntar en un foro: “¿Qué pasó con la libre empresa?”. Sin embargo, Gelsinger se muestra pragmático: defiende que, en un contexto de competencia feroz con países que subvencionan masivamente sus industrias, la prioridad es recuperar capacidad industrial y tecnológica, no el purismo ideológico.
La gran promesa de xLight es atacar el mayor cuello de botella del sector: la litografía extrema ultravioleta (EUV). Hoy, el mercado está dominado por el gigante neerlandés ASML, cuyos equipos emplean luz de 13,5 nanómetros. xLight propone ir mucho más allá: construir enormes láseres de electrones libres, alimentados por aceleradores de partículas, capaces de generar luz a longitudes de onda de hasta 2 nanómetros. Las máquinas, del tamaño aproximado de un campo de fútbol, se situarían fuera de las fábricas de chips y repartirían la luz como si fuera una utilidad más, igual que la electricidad o el aire acondicionado.
Según Gelsinger, alrededor de la mitad de la inversión en una fábrica de semiconductores se va en litografía; por eso cree que innovar en la fuente de luz es clave para que la Ley de Moore —la idea de que la potencia de los chips se duplica cada dos años— siga viva. “Pensamos que esta es la tecnología que despertará la Ley de Moore”, afirma.
Al frente de xLight está Nicholas Kelez, un ingeniero con una trayectoria atípica para el mundo de los chips: antes lideró proyectos de computación cuántica en PsiQuantum y pasó dos décadas construyendo grandes instalaciones de rayos X en laboratorios nacionales como SLAC y Lawrence Berkeley. Kelez reconoce que otros intentaron caminos parecidos —ASML abandonó un enfoque similar hace una década—, pero asegura que entonces la tecnología era inmadura y la industria estaba demasiado comprometida con las soluciones existentes. Hoy, dice, la EUV está ampliamente desplegada y empieza a tocar techo, lo que abre una ventana de oportunidad.
Su enfoque rompe con el modelo integrado de ASML: en lugar de que cada escáner lleve incorporada su propia fuente de luz, xLight separa ambas funciones. El mega-láser se construye fuera de la planta y distribuye luz a varias herramientas. De este modo, la fuente puede crecer en tamaño y potencia sin las limitaciones de un equipo compacto.
El plan industrial es ambicioso pero acotado en el tiempo: la empresa quiere producir sus primeras obleas de prueba en 2028 y tener su primer sistema comercial operativo en 2029. Ya ha firmado una carta de intención con el estado de Nueva York para instalar su primera máquina en el centro tecnológico New York CREATE, cerca de Albany, aunque el acuerdo aún debe cerrarse. Hasta ahora ha recaudado 40 millones de dólares de inversores como Playground Global y prepara una nueva ronda para enero; Kelez insiste en que, a diferencia de la fusión nuclear o ciertas apuestas cuánticas, su proyecto no necesita “miles de millones” para despegar.
Pese a apuntar al corazón del negocio de ASML, xLight no se plantea como rival frontal. De hecho, colabora con la compañía neerlandesa y con sus socios, como Zeiss, para diseñar cómo se integraría su fuente de luz con los escáneres actuales. Tampoco tiene todavía pedidos en firme de grandes fabricantes de chips como Intel, pero Gelsinger asegura que mantiene conversaciones intensas “con todos los que uno esperaría”. Otros proyectos, como la startup Substrate —respaldada por Peter Thiel—, también buscan romper el dominio de ASML con nuevas fábricas y herramientas EUV, aunque Gelsinger ve a Substrate más como un posible cliente que como un competidor directo.
El trasfondo político añade tensión al relato. Gelsinger empezó a hablar de xLight con el actual secretario de Comercio, Howard Lutnick, incluso antes de que este fuera confirmado en el cargo, mientras Kelez llevaba más de un año presentando el proyecto al Gobierno como vía para repatriar la fabricación avanzada de chips. Críticos de la administración Trump consideran que el modelo de tomar participaciones directas en empresas privadas es un exceso de intervención estatal. Gelsinger, en cambio, lo interpreta como una herramienta para reconstruir la base industrial, igual que otros países hacen sin grandes debates públicos. Cita el caso de la energía nuclear: mientras en Estados Unidos no se construyen nuevos reactores, China tiene decenas en marcha, algo que, a su juicio, condicionará la capacidad económica en una era dominada por la inteligencia artificial.
El acuerdo con el Departamento de Comercio aún no está cerrado: se trata de una carta de intenciones y las condiciones pueden cambiar, incluso en el monto final. Gelsinger admite que queda trabajo contractual por delante, pero se muestra confiado en que el trato saldrá adelante y sostiene que, a largo plazo, “los contribuyentes saldrán ganando”. El Gobierno no tendrá información privilegiada ni capacidad de control, subraya, pero su entrada en el capital “manda el mensaje de que este es un activo de interés nacional”.
En lo personal, xLight se ha convertido en la gran apuesta de Gelsinger para seguir influyendo en la industria que ayudó a construir, ahora desde el lado inversor. Asegura que trabajar con una decena de startups le permite impactar en un abanico más amplio de tecnologías y reivindica una visión tecnocrática del liderazgo empresarial: las compañías, dice, no deberían alinearse con un partido, sino aprender a navegar entre políticas republicanas y demócratas que favorezcan sus objetivos de negocio. Entre bromas, añade que ahora puede “devolverle a su esposa los fines de semana”, aunque quienes conocen su reputación de adicto al trabajo sospechan que ese descanso quizá no dure demasiado.


