Desde su lanzamiento en 2022, ChatGPT ha pasado de ser un simple chatbot de texto a convertirse en la pieza central de una enorme plataforma de productos y servicios de OpenAI, con cientos de millones de usuarios semanales y más de un millón de empresas clientes.
El texto repasa, en formato cronológico, la cascada de novedades de 2025: nuevos modelos (GPT‑4.1, o3, o4‑mini, GPT‑5, GPT‑5.1 y GPT‑5.2, además de variantes especializadas como GPT‑5‑Codex), herramientas para desarrolladores (API unificada, agentes, Flex processing, Apps dentro de ChatGPT), y funciones pensadas para el gran público, como voz avanzada, modo estudio, recordatorios, tareas recurrentes, compras integradas, navegador propio (Atlas), Pulse para resúmenes matutinos, planes más baratos (ChatGPT Go) y controles parentales.
En paralelo, ChatGPT se expande en negocio: el modelo alcanza hitos de uso (hasta 800 millones de usuarios activos semanales y 2.5 mil millones de prompts diarios), dispara los ingresos de la app móvil (más de 3.000 millones de dólares de gasto de consumidores, con un crecimiento muy superior a competidores) y se mete de lleno en el terreno corporativo y gubernamental, con más de un millón de empresas usuarias y ofertas casi simbólicas para la administración federal de EE. UU. OpenAI también explora verticales como salud, educación y comercio electrónico, con acuerdos con Walmart, Etsy, Shopify e integraciones con herramientas de trabajo como Slack, Google Drive o GitHub.
El otro hilo central es la presión competitiva y regulatoria. OpenAI vive bajo el “código rojo” interno de Sam Altman ante la amenaza de Google, DeepSeek y otros rivales, a la vez que busca grandes rondas de financiación, alianzas de chips (incluso con Google), macroproyectos de centros de datos y acuerdos con gigantes como Apple y Disney. Este último invierte 1.000 millones de dólares y cede temporalmente derechos para usar cientos de personajes en vídeos generados con Sora.
La expansión viene acompañada de polémicas y riesgos: demandas por derechos de autor en prensa, música y contenidos visuales; fallos de seguridad y sycophancy (respuestas excesivamente complacientes); controversias por imágenes al estilo Studio Ghibli y por el uso de datos personales; y, sobre todo, una creciente alarma por el uso de ChatGPT en salud mental. Varios estudios alertan de los peligros de la “terapia” con chatbots, y OpenAI afronta demandas de familias que vinculan al sistema con suicidios, así como casos judiciales en Europa por difamación.
La compañía responde endureciendo normas para menores, añadiendo controles parentales, ajustando las guías de seguridad, mejorando la gestión de conversaciones sobre suicidio y colaborando con expertos en salud mental. Al mismo tiempo, reconoce limitaciones (algunos modelos menos alineados, benchmarks inflados, costes elevados de cómputo) y retrasa lanzamientos —como su modelo abierto— para hacer más pruebas de seguridad.
En conjunto, el artículo funciona como un gran dossier cronológico de TechCrunch sobre cómo OpenAI intenta mantener el liderazgo en la carrera de la IA generativa: acelera lanzamientos, abre más funciones y mercados, se alía con gigantes tecnológicos y del entretenimiento y, al mismo tiempo, navega entre demandas, regulación, dudas éticas y una dependencia cada vez mayor de infraestructuras de hardware muy costosas.


