Elon Musk reunió recientemente a la plantilla de xAI para presentar una visión tan ambiciosa como difusa: construir una fábrica en la Luna que produzca satélites de inteligencia artificial y los lance al espacio mediante una especie de catapulta gigante. Según The New York Times, Musk sostiene que así xAI podría obtener mucha más capacidad de cómputo que cualquier competidor y crear una inteligencia de una escala nunca vista. Sin embargo, no detalló cómo se construiría esa infraestructura ni cómo encaja en la compleja reorganización tras la fusión entre xAI y SpaceX, justo cuando el grupo se prepara para una posible salida a bolsa histórica con una valoración objetivo de 1,5 billones de dólares.
La reunión llega en un momento delicado: seis de los doce cofundadores de xAI ya han abandonado la compañía, incluidos Tony Wu y Jimmy Ba en las últimas 24 horas, aunque todas las salidas se presentan como amistosas y con importantes beneficios económicos gracias al futuro IPO de SpaceX. Paralelamente, Musk ha anunciado un giro estratégico: después de años priorizando Marte, ahora dice que SpaceX ha pasado a centrarse en construir una ciudad “autorreplicante” en la Luna, que según él podría desarrollarse en unos 10 años, aproximadamente la mitad del tiempo que exigiría una colonia marciana.
Detrás de estas apuestas lunares se perfila un objetivo más amplio: crear el modelo de mundo más potente del planeta, una IA entrenada no solo con texto e imágenes, sino con datos físicos y operativos exclusivos procedentes de todo el ecosistema Musk. Tesla aportaría información sobre energía y tráfico; Neuralink, datos neuronales; SpaceX, dinámica orbital; The Boring Company, información del subsuelo; y una fábrica lunar añadiría nuevos datos espaciales y de explotación de recursos. Esta visión, sin embargo, choca con importantes interrogantes técnicos, financieros y legales.
El marco jurídico actual del espacio exterior añade más complejidad. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 impide que países y, por extensión, empresas reclamen soberanía sobre la Luna. No obstante, una ley estadounidense de 2015 permite a las compañías apropiarse de los recursos que extraigan allí, una distinción que algunos expertos cuestionan por ser, en la práctica, equivalente a poseer partes del propio satélite. Además, potencias como China y Rusia no aceptan plenamente ese enfoque. En este contexto, y con un equipo fundador menguante, sigue sin estar claro quién llevará a cabo el plan lunar de Musk ni si sus promesas responden más a una estrategia tecnológica a largo plazo que a un relato atractivo para inversores fascinados por los centros de datos orbitales.


