Suno, la startup de inteligencia artificial que genera música a partir de simples frases de texto, vive un crecimiento fulgurante. Su cofundador y CEO, Mikey Shulman, reveló en LinkedIn que la plataforma ha alcanzado los 2 millones de suscriptores de pago y genera ya 300 millones de dólares en ingresos recurrentes al año.
El salto es notable: hace solo tres meses, cuando la empresa cerró una ronda de financiación de 250 millones de dólares que la valoró en 2.450 millones, declaró unos ingresos anuales de 200 millones. En muy poco tiempo, Suno habría incrementado su facturación en un 50 %, consolidándose como uno de los actores más potentes en el mercado emergente de la música generada por IA.
Suno permite a cualquier usuario crear canciones completas con voz y acompañamiento simplemente describiendo lo que quiere en lenguaje natural. Esta accesibilidad ha disparado su popularidad, pero también ha encendido las alarmas en la industria musical. Sellos y artistas denuncian que los modelos se entrenan con grabaciones protegidas por derechos de autor sin permiso, y han presentado demandas por infracción de copyright.
Una de esas batallas judiciales, con Warner Music Group, ha terminado en acuerdo: el sello ha retirado su demanda y ha firmado un pacto para que Suno pueda desarrollar modelos entrenados con música licenciada de su catálogo. El movimiento apunta a un nuevo tipo de colaboración entre grandes discográficas y plataformas de IA, sustituyendo el choque frontal por acuerdos comerciales.
Mientras tanto, la herramienta ya está produciendo éxitos. La usuaria Telisha Jones, de 31 años y residente en Misisipi, transformó su poesía en la canción de R&B “How Was I Supposed to Know” usando Suno. El tema se volvió viral, escaló listas como Spotify y Billboard y le valió un contrato discográfico con Hallwood Media valorado en unos 3 millones de dólares.
Pese a estos casos de éxito, un amplio grupo de artistas sigue rechazando el uso de la IA en la música. Figuras como Billie Eilish, Chappell Roan y Katy Perry han firmado cartas abiertas en contra de lo que consideran un uso irresponsable de estas tecnologías. El avance meteórico de Suno profundiza así el debate sobre cómo repartir el valor entre quienes crean las herramientas, quienes generan contenidos con ellas y los músicos cuyos trabajos sirven de base para entrenar la inteligencia artificial.


