Cursor, una startup estadounidense de IA para programación valorada en casi 30.000 millones de dólares, lanzó esta semana su nuevo modelo Composer 2, presentándolo como una herramienta de “inteligencia de código de frontera”. Poco después, un usuario de X llamado Fynn denunció que Composer 2 era en realidad el modelo abierto Kimi 2.5, desarrollado por la china Moonshot AI, con una capa adicional de refuerzo por parte de Cursor.
Fynn mostró fragmentos de código donde aparecía identificado Kimi como modelo base y criticó que ni Moonshot ni Kimi fueran mencionados en el anuncio oficial de Composer 2. La polémica es especialmente sensible porque Cursor es una compañía muy financiada —cerró una ronda de 2.300 millones de dólares en 2025 y supera los 2.000 millones en ingresos anualizados— y porque el uso de modelos chinos en plena “carrera armamentista” de la IA entre EE. UU. y China es políticamente delicado.
Ante la presión pública, Lee Robinson, vicepresidente de educación para desarrolladores en Cursor, reconoció que Composer 2 “empezó desde una base de código abierto”, concretamente Kimi 2.5. Aseguró, no obstante, que solo alrededor de una cuarta parte del cómputo invertido en el modelo final proviene del modelo base y que el resto corresponde a entrenamiento propio de Cursor, lo que —según defiende— genera un rendimiento en benchmarks “muy diferente” al de Kimi.
Robinson insistió en que el uso de Kimi cumple plenamente con su licencia, algo que la propia cuenta oficial de Kimi en X corroboró. Moonshot AI felicitó públicamente a Cursor y explicó que Kimi 2.5 se utilizó “como parte de una colaboración comercial autorizada” a través de Fireworks AI, destacando que ver su modelo mejorado con más preentrenamiento y alto cómputo en RL encaja con la filosofía de un ecosistema abierto.
El cofundador de Cursor, Aman Sanger, terminó admitiendo que fue un error no mencionar desde el principio el papel de Kimi en el blog de lanzamiento y prometió corregir este punto de transparencia en futuros modelos. El caso pone el foco en una cuestión clave para la industria: hasta qué punto las empresas de IA deben ser explícitas sobre las bases abiertas —y su procedencia geopolítica— sobre las que construyen sus productos comerciales.


