ChatGPT, el chatbot de IA de OpenAI lanzado en noviembre de 2022, se ha convertido en una de las plataformas tecnológicas más influyentes del mundo. En apenas tres años ha pasado de ser una herramienta curiosa para escribir textos y código a un servicio con cientos de millones de usuarios semanales, miles de millones de mensajes al día y más de un millón de empresas clientes, desde bancos y farmacéuticas hasta comercios y administraciones públicas.
El artículo repasa, en formato línea de tiempo, la avalancha de lanzamientos y cambios de 2025: nuevos modelos (GPT‑4.1, o3, o3‑pro, GPT‑5, GPT‑5.1 y GPT‑5.2), agentes capaces de realizar tareas complejas en el ordenador del usuario, navegadores propios (Atlas), funciones de búsqueda profunda, asistentes de programación (Codex y GPT‑5‑Codex), herramientas específicas para audio, voz, imágenes y vídeo (incluida la integración con Sora) y planes de hardware propio tras la compra de la empresa de Jony Ive. A ello se suma la expansión de planes de pago baratos como ChatGPT Go en India, Indonesia y Asia, y ofertas agresivas para gobiernos como ChatGPT Gov y licencias casi simbólicas para la administración federal de EE. UU.
En paralelo, OpenAI intenta afianzarse en el mercado empresarial y de consumo: alianzas con Apple (Apple Intelligence), Walmart, Etsy, Shopify y Disney, así como la creación de asistentes para compras online, salud, educación (Study Mode, Study Together) y productividad diaria (recordatorios, tareas, Pulse para resúmenes matutinos, apps dentro de ChatGPT y conectores a Google Drive, Slack, GitHub o Box). El servicio también crece como motor de búsqueda alternativo con ChatGPT Search y el navegador Atlas, y se abre a desarrolladores con APIs cada vez más potentes y herramientas para construir agentes especializados.
Pero este crecimiento viene acompañado de fuertes tensiones. OpenAI se enfrenta a una competencia cada vez más agresiva de Google, Anthropic y el rival chino DeepSeek, hasta el punto de que su CEO, Sam Altman, ha declarado un “código rojo” interno para centrar todos los esfuerzos en mejorar ChatGPT. La empresa, además, intenta mantener una buena relación con Washington mientras persigue gigantescos proyectos de centros de datos y una de las mayores rondas de financiación de la historia.
El éxito no ha evitado conflictos legales, éticos y de seguridad. OpenAI afronta demandas por derechos de autor de medios de comunicación y editoriales musicales, así como fallos judiciales en Europa por reproducción de letras protegidas. Hay denuncias por difamación y “alucinaciones” que atribuyen falsos crímenes a personas reales, además de quejas de privacidad bajo el RGPD por datos inexactos y por el uso de datos personales en el entrenamiento de modelos.
Una de las preocupaciones más graves es el impacto de ChatGPT en la salud mental: la empresa reconoce que más de un millón de usuarios a la semana hablan de suicidio u otros problemas psiquiátricos con el chatbot. En paralelo, OpenAI afronta varias demandas de familias que vinculan el uso del sistema con suicidios de adolescentes y jóvenes, y ha anunciado nuevas salvaguardas, controles parentales y políticas más estrictas para menores, así como colaboración con más de 170 expertos en salud mental. Estudios académicos de MIT y Stanford alertan, por otro lado, de riesgos para el pensamiento crítico y de posibles respuestas dañinas en contextos de terapia.
El reportaje también muestra la cara más frágil de la compañía: salidas de figuras clave como el cofundador Ilya Sutskever y la ex‑CTO Mira Murati, cambios internos en los equipos que definen la “personalidad” del modelo, polémicas por modelos demasiado aduladores o poco transparentes en sus capacidades de razonamiento, retrasos en la publicación de informes de seguridad y ajustes constantes de políticas de moderación (por ejemplo, al permitir de nuevo la generación de imágenes de figuras públicas y símbolos sensibles).
En conjunto, la pieza retrata a OpenAI como un actor central de la carrera global por la IA generativa: una empresa que crece a gran velocidad, prueba nuevos modelos casi cada mes, entra en sectores tan distintos como la educación, el comercio electrónico, la administración y la salud, y al mismo tiempo lidia con un voluminoso paquete de controversias legales, éticas, regulatorias y sociales. ChatGPT deja de ser solo un chatbot y se convierte en infraestructura: un sistema operativo conversacional sobre el que se construyen agentes, aplicaciones y servicios que, de seguir esta trayectoria, podrían cambiar la forma en que trabajamos, estudiamos, compramos e incluso nos informamos y nos relacionamos.


